Llevar años escuchando no es lo mismo que llevar años cambiando. Y la diferencia no está en lo que se predicó. Está en si alguna vez subiste al monte de verdad.
Llegamos al final de la semana. Y quiero ser honesto: esta no fue una semana de temas lindos y sencillos. Fue una semana que estuvo todo el tiempo haciéndonos la misma pregunta de fondo. ¿Hasta dónde llegás con el Señor? ¿Te quedás en el atrio? ¿En el pie de la montaña? ¿O subís?
Y hoy quiero que nos quedemos con lo más simple y lo más profundo a la vez. El predicador lo dijo así: no vamos al monte a recibir información. Vamos a ser transformados.
Hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. La información queda en la cabeza. La transformación te cambia la cara. Moisés no bajó del Sinaí con mejores argumentos. Bajó luminoso. No fue lo mismo antes que después.
Y eso es lo que está disponible para vos. No una charla más. No una nota más en el cuaderno. Un encuentro real con Jesús que deje algo pegado en vos, como la luz se pegó en el rostro de Moisés.
El tema es que el encuentro no pasa solo. No pasa mientras seguimos esperando que algo suceda sin costo, sin subida, sin decisión de ir. Las cosas del monte pasan en el monte. Y el monte se sube.
Mirá, a veces nos vamos de un domingo sintiéndonos bien, habiendo cantado bien, con alguna frase que nos gustó, y en el fondo nada cambió. Y eso no es culpa del Espíritu Santo. Es que lo escuchamos de lejos. Es que el corazón estaba endurecido. Es que nos quedamos en el atrio y creímos que era suficiente.
Hoy no. Hoy cerramos la semana con esto: la cortina está rota, el camino está abierto, y el Señor te está llevando. El movimiento que falta es el tuyo. Nada más.
"¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas."
Salmo 24:3–4 · NVIEl predicador habló de alguien de su comunidad que ya no puede ir a las reuniones por su enfermedad. Fue con su esposa a orar por ella, la ungieron con aceite, creyeron. Y dijo algo que no puedo sacudir de mi cabeza: 'Todo lo que yo estoy aprendiendo ahora.' No lo dijo con resignación. Lo dijo con asombro. Porque en medio de la cancha más embarrada que uno pueda imaginar —una enfermedad, la incertidumbre, el dolor— hay algo que el Señor está mostrando que no se puede aprender de otra manera. La vista corta solo ve el barro. La vista del monte ve el propósito. Y esa persona, sin poder moverse de su casa, quizás está más arriba en el monte que muchos de nosotros que llegamos caminando todos los domingos.
"Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne..."
Hebreos 10:19–20 · NVIHoy, antes o después de congregarte, tomá un momento solo. No para pedirle nada. No para listar lo que necesitás. Solo para mirarlo. Para decirle: 'Señor, no vengo con mis enramadas. Vengo a escucharte.' Y después, cuando estés con otros, asumí tu rol. No de espectador que llega, se sienta y se va. De parte de algo vivo. Orá por el de al lado aunque no lo conozcas bien. Preguntale cómo está de verdad. Nosotros no somos gente que va a cultos. Somos la iglesia. Y algo pasa cuando estamos juntos que no tiene explicación terrenal. Dejá que pase hoy.
No vengas a escuchar. Vení a ser transformado. Hay una diferencia. Y el Señor ya puso todo de su parte para que pase. La cortina está rota. El monte está ahí. Y él te está esperando arriba.
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