A todos se nos embarra la cancha. La economía, la familia, el cuerpo, el corazón. Y sin embargo, en el cielo no hay sorpresas. Solo Gloria.
Mirá, voy a ser honesto: la parte de la prédica que más me pegó no fue la transfiguración, ni el lugar santísimo, ni siquiera Pedro con sus enramadas. Fue cuando el predicador dijo eso de que se nos embarra la cancha.
Porque sí. Se nos embarra. La economía patina y no hay caso, la pelota no corre, pasás de largo. Lo familiar, de repente todo contra todos en casa. La salud, cuando llegó ese diagnóstico que nadie esperaba. Lo sentimental, esos corazones rotos que no terminan de sanar. Y lo espiritual, que quizás es lo más difícil de confesar: de repente no sentís nada. Venís, cantás, escuchás, y es como si hablaras con la pared.
El tema es que cuando estamos en el medio del partido, con la cancha hecha un barro, nuestra vista es cortísima. No vemos nada más allá de lo que tenemos enfrente.
Pero hay algo que el monte Tabor le mostró a Pedro, Santiago y Juan: que Moisés y Elías estaban ahí charlando con Jesús como si nada. El tiempo en el cielo no es progresivo. Los planes de Dios son eternos. Lo que para nosotros es tragedia, incertidumbre, un '¿por qué, señor?', en el cielo ya se vio. Ya tiene resolución. Ya tiene propósito.
No lo digo para que te quedes tranquilo y no sientas nada. Lo digo porque hay una diferencia enorme entre sufrir solos en el barro y sufrir sabiendo que el árbitro ya conoce el resultado final. Amén.
"'Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en los lugares celestiales.'"
Efesios 2:6 · NVIEl predicador contó que fue a visitar a alguien de la comunidad que ya no puede venir a la iglesia por su enfermedad. Fue con su esposa a orar, a ungir con aceite. Y en el medio de esa visita dijo algo que me parece muy real: 'yo tengo que tener paciencia porque quiero salir de esto ahora, pero el Señor está tratando conmigo.' Hay gente que en las situaciones más difíciles crece más que nunca. No porque les guste el sufrimiento. Sino porque en el fango, cuando no te queda otra, aprendés a escuchar diferente. La vista se te afina para lo que importa.
"'Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.'"
Romanos 8:28 · NVIHoy, si tenés la cancha embarrada en algún área —y seguramente hay al menos una—, te propongo esto: escribí dos listas. En la primera, lo que no entendés. Lo que te parece injusto, lo que quisiste que cambiara y no cambió. En la segunda, tres cosas que el señor permitió o no permitió en el pasado que hoy ves diferente. Cosas que en su momento decías 'señor, ¿por qué?', y hoy entendés que te protegieron, te formaron, o te abrieron una puerta que no esperabas. No lo hacemos para convencernos de que todo está bien cuando no está bien. Lo hacemos para recordar que su vista es más larga que la nuestra. Que en el cielo no hay sorpresas. Y que la cancha embarrada de hoy tiene un mañana que él ya conoce.
La cancha puede estar un desastre. Pero el señor ya sabe cómo termina el partido. Y estás en su equipo.
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