Día 2
Día 2 de 7 9 de junio

Subí al monte, no te quedés en el pie

Las cosas trascendentes no te pasan mientras esperás abajo. Te pasan cuando subís.

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a una montaña alta para estar a solas. No los mandó. Los llevó. Hay una diferencia enorme en eso.

Y ahí, en el monte Tabor, algo que ellos nunca habían visto pasó delante de sus ojos. El rostro de Jesús brilló como el sol. Su ropa se volvió blanca como la luz. Aparecieron Moisés y Elías. Y una voz del cielo habló.

Ellos conocían a Jesús. Sabían a qué hora se levantaba, comían con él, conocían el tono de su voz, sabían cuándo estaba alegre o triste. Pero en ese monte vieron algo completamente distinto. Lo vieron en otra dimensión.

Y yo me pregunto cuántos de nosotros llevamos años conociendo a Jesús 'humanamente', como dice Pablo, y nunca lo vimos así. Nunca subimos lo suficiente. Nos quedamos en el pie de la montaña esperando que algo pase ahí abajo, que la experiencia nos llegue sin costo, sin esfuerzo, sin subida.

No es así. Las experiencias que cambian algo de fondo no obedecen a un deseo vago. Obedecen a una búsqueda. A una decisión de escalar. De ir con Jesús hasta el tope y quedarse ahí un rato con él.

"'¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Solo el de manos limpias y corazón puro.'"

Salmo 24:3–4 · NVI

El Salmo 24 pregunta: '¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo?' Y la respuesta no es 'el más talentoso', ni 'el más ungido', ni 'el que tiene el ministerio más grande'. Dice: 'el limpio de manos y puro de corazón, el que no adora ídolos vanos'. O sea, no es una cuestión de privilegio. Es una cuestión de dirección. De hacia dónde apuntás el corazón.

II Versículo

"'Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó aparte a una montaña alta. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro brilló como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz.'"

Mateo 17:1–2 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

Hoy te propongo algo sencillo pero que cuesta: buscá un momento —aunque sea diez minutos— donde estés solo con Jesús. Sin música de fondo. Sin el celular al lado. Sin agenda. No para pedirle nada. Para estar. Para subir un escalón. A mí me cuesta esto. Soy de los que tienen mil cosas en la cabeza y el silencio se siente incómodo al principio. Pero hay algo que empieza a moverse cuando te quedás quieto con él. Algo que no pasa en ningún otro momento del día. Subir al monte no es irse a Córdoba, como se dijo en la prédica. Es buscar al señor con intención. Es cerrar una puerta y decir: 'Jesús, acá estoy. Hablame vos.'

No esperes que las cosas del monte te pasen si seguís en el pie. El señor te está llevando. El movimiento que falta, es el tuyo.

W. A.
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