Subir al monte no es ir a llevarle tus ideas a Dios. Es ir a escuchar las de él. Y esa diferencia lo cambia todo.
Pedro ve la escena más impresionante de su vida. Jesús transfigurado, Moisés y Elías presentes, la gloria de Dios ahí delante. Y lo primero que hace es hablar.
'Señor, si querés, hacemos tres enramadas. Una para vos, una para Moisés, una para Elías.' Buen gesto, buena intención. Pero la voz del padre lo interrumpe antes de que pueda terminar. No hay respuesta a la propuesta de Pedro. Solo una instrucción: 'Este es mi Hijo amado. Escúchenlo a él.'
Y ahí está la trampa en la que caemos casi todos. Subimos al monte —si es que subimos— con nuestra lista. Con lo que necesitamos. Con lo que queremos lograr. Con lo que creemos que podemos hacer por él. Y resulta que en la cima no hay espacio para eso. En la cima se trata de él, no de nosotros.
Hay algo que el predicador dijo que me quedó resonando: 'El señor no está para apoyar mis planes. Él espera que yo renuncie a los míos para tomarlos de él.' Eso duele un poco, ¿no? Porque estamos tan acostumbrados a orar diciendo nuestras cosas que casi no sabemos qué hacer cuando hay que callarse y escuchar.
Orar también es escuchar. Orar es escuchar. Orar es escuchar lo que él quiere decir. No lo que yo quiero que él diga.
"'Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.'"
Mateo 6:33 · NVILa Biblia cuenta que si Pedro hubiera recibido un 'sí' de Jesús en ese momento, lo habría dejado ahí parado con Moisés y Elías, y se habría ido a buscar ramas para las enramadas. Literal. Hubiera abandonado la visión más grande de su vida para ponerse a hacer algo con sus propias manos. No porque fuera mala persona, sino porque todos somos así: cuando algo nos impacta, inmediatamente buscamos cómo gestionarlo, cómo organizarlo, cómo meter mano. Y a veces el señor dice: pará. Quedáte. Mirá. Escuchá.
"'Mientras Pedro aún hablaba, una nube brillante los envolvió, y desde la nube una voz dijo: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. ¡Escúchenlo!'"
Mateo 17:5 · NVIEsta semana, cuando te sientes a orar, probá algo distinto: empezá callándote. Literalmente. Treinta segundos, un minuto, lo que puedas. Antes de decir nada. No es fácil. A mí se me llena la cabeza de ruido en segundos. Pero la práctica de orar también escuchando cambia la oración entera. Ya no es un monólogo. Es una conversación. Y si en ese silencio algo llega —una palabra, una imagen, una sensación, una idea que no era tuya— no la apagues. No la expliques todavía. Déjala estar. Quizás el señor te está hablando de algo que vos no habías pedido. Y eso, casi siempre, es lo más importante.
Jesús no necesita tus enramadas. Te necesita a vos. Quieto. Mirándolo. Escuchándolo.
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