Dios cree más en vos de lo que creés vos mismo. Y eso, honestamente, es lo más desconcertante del evangelio.
Hay una imagen del predicador que quedó dando vueltas: se mira al espejo y piensa cómo puede ser que con un tipejo como este, con una remera gris manchada de café y unas zapatillas, Dios vaya ahí adentro. Le cuesta creerlo. Y sin embargo, lo cree.
Eso es exactamente lo que pasa con vos también. No con la versión mejorada de vos. No con la que ya resolvió todo. Con esta versión, la de hoy, la del martes a la mañana con cara de sueño y las mismas dudas de siempre.
Jesús dijo algo extraordinario sobre Juan el Bautista: es el más grande de todos los nacidos de mujer. Sin milagros. Sin señales. Con un ministerio que probablemente duró seis meses. Y aun así, el más grande. ¿Por qué? Por el mensaje que llevaba: ya está aquí.
Pero después Jesús dijo algo todavía más loco: cualquiera que sea el menor en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista. Porque vos no solo podés decir él está aquí. Podés decir el Señor está en mí.
Eso es lo que vas a llevar cuando salís por la puerta. No una certificación. No un nivel espiritual aprobado. La presencia de Jesús adentro tuyo. Y a donde vayas, él va. Con la remera manchada y todo.
""Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros.""
2 Corintios 5:20 · NVILucas, uno de los jóvenes que habló en la noche de Acción de Gracias, dijo algo con una honestidad que desarmó a todos: "No vengo por ustedes. Soy una rata de iglesia. Ando por acá, me gusta, me siento bien, es mi lugar." Y justo ahí, en esa confesión sin pretensiones, el Señor empezó a incomodarlo para salir afuera. Ni un discurso motivacional ni una gran visión. Solo honestidad. Y Dios se metió por esa rendija.
""Les digo que entre los nacidos de mujer, no hay nadie más grande que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él.""
Lucas 7:28 · NVIHoy, cuando salgas de tu casa o de donde estás, decite en voz baja o en silencio: el Señor va conmigo. No como mantra. Como recordatorio real de lo que es verdad. Y fijate qué cambia en cómo mirás a la gente que te cruzás.
No necesitás ser más para llevar a Jesús. Ya lo tenés adentro. El campo empieza un escalón después de la puerta.
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