Esta semana arrancamos en los tobillos. Miramos el río, supimos cómo era, la temperatura, la corriente. Pero hay un momento donde el agua te cubre y el piso desaparece bajo los pies. Y ahí no queda otra que nadar. Eso es lo que Dios estuvo esperando toda la semana.
Arrancamos el lunes con esa imagen de Ezequiel. Un río que empieza en los tobillos y termina en algo donde ya no podés hacer pie. Y dijimos que muchos de nosotros nos quedamos en los tobillos para siempre. Explicamos el río, enseñamos sobre el río, pero nadar… nadar es otra cosa.
Después vimos que la oración no es para cuando explota todo. Que tiene tres capas: el reino de Dios, nuestras necesidades reales, y resistir lo que se cruza a propósito. Y que cuando las tres se juntan, la oración se vuelve una asociación, no una lista de pedidos.
Y esta semana también hablamos de pedir oración, de no cargar solos, de que la comunidad existe para eso y no para venir a ocupar un lugar e irse inyectados por el pasillo.
Ahora bien. Todo eso fue necesario. Pero hoy quiero que nos quedemos con algo que el predicador dijo casi al pasar y que a mí me parece el centro de todo: cuando alguien frecuenta la presencia de Dios, la oración deja de ser algo que responde a mis propios intereses. Empieza a parecerse a querer lo que él quiere.
Eso es nadar. No una técnica. No una rutina de treinta minutos bien administrada. Es que en algún momento te soltás del fondo y empezás a moverte con la corriente de él.
Y no te voy a mentir: eso da un poco de vértigo. Porque soltar el control es incómodo. Porque meterse en los planes de otro, aunque ese otro sea Dios, exige algo de vos. Pero ahí, justo ahí, es donde pasan las cosas. Ahí es donde el río que transformaba todo lo seco en vida empieza a hacer lo suyo en vos también.
"El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo."
1 Juan 3:8 · NVIEl predicador habló de Daniel en el foso de los leones. Y dijo algo que me quedó: la primera oración que Daniel hizo al caer fue la misma que hubiéramos hecho todos nosotros. "Señor, cerrales la boca a estos bichos." No fue una oración perfecta ni teológicamente elaborada. Fue una oración desesperada, honesta, de alguien que sabía con quién estaba hablando. Y milagrosamente, esos animales feroces se quedaron inmóviles toda la noche. Dios escucha eso. Escucha lo que es real. No busca liturgia, busca corazón.
"Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bien y no para su mal, para darles un futuro lleno de esperanza."
Jeremías 29:11 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que termine el día, hacé una sola cosa: buscá un lugar tranquilo y preguntale al Señor qué tiene en mente para vos. No qué necesitás vos de él. Qué tiene él en mente para vos. Es una pregunta incómoda, te aviso. Pero es la pregunta que abre el río. Nosotros venimos esta semana hablando de la oración. Hoy la cerramos haciendo una.
El río no para. Va más profundo. La pregunta es si vos seguís entrando o si te quedás donde el piso todavía se siente seguro.
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