Día 5
Día 5 de 7 4 de septiembre

Tirate al agua aunque falten 90 metros

Hay un momento en que el amor no espera más. No espera que llegue la barca, no espera que el desayuno esté listo, no espera tener todo resuelto. Se tira.

Miren esto, que me parece una de las escenas más humanas de todo el Evangelio.

Pedro está en la barca. Juan dice «aquel es el Señor» y Pedro no puede más. No puede quedarse parado esperando que la barca llegue a la orilla. Faltan 90 metros. Noventa metros no es nada en términos náuticos, pero son una eternidad cuando amas a alguien y sentís que lo defraudaste.

Así que se tira. Se pone la túnica encima, cosa que no tiene ningún sentido práctico para nadar, y se tira igual. Y nada. Y mientras nada, en esos 90 metros, le pasan cosas por la cabeza.

Digo por mi cuenta: yo creo que en esos 90 metros Pedro repasa todo. El momento en que dijo «sobre esta roca edificaré mi iglesia». El momento en que casi se ahoga y Jesús lo agarró de la mano. El momento en que sacó la espada en el huerto. Y el momento en que dijo «no conozco a ese hombre».

Noventa metros son suficientes para recordar todo eso. Y aun así sigue nadando.

El tema es que el arrepentimiento a veces no es un discurso elaborado. A veces no es saber exactamente qué decir. A veces el arrepentimiento es una actitud. Es tirarse al agua sin esperar el momento ideal. Es moverse hacia Jesús aunque todavía no tengas las palabras.

Los otros discípulos se quedaron en la barca. No estaban mal, estaban arrastrando la red, haciendo lo que había que hacer. Pero Pedro no podía quedarse. Y eso, eso es lo que Jesús vio. No la negación. Vio los 90 metros a nado.

Hay algo que me contaron una vez de un chico que había tenido una pelea muy fea con su papá. De esas peleas donde se dicen cosas que no se deberían decir. Meses sin hablarse. Y un día el papá cae enfermo, y el chico se entera. Y en lugar de mandar un mensaje, en lugar de esperar el momento justo, agarra el colectivo, viaja dos horas, y se planta en la puerta del hospital. No sabía qué iba a decir. No tenía preparado ningún discurso. Tocó timbre y listo. Eso fue todo. Y resultó ser suficiente. A veces lo que importa no es lo que decís cuando llegás. Es que te tiraste al agua.

II Versículo

"Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se puso su túnica porque se la había quitado para trabajar, se tiró al agua y se dirigió nadando hasta la orilla."

Juan 21:7 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que termine el día, movete 90 metros. No te estoy pidiendo que resuelvas todo. Te estoy pidiendo un gesto. Si te alejaste de Jesús, no esperés el domingo, no esperés sentirte digno, no esperés tener el discurso listo. Tirarse al agua puede ser cinco minutos de silencio con Él. Puede ser abrir la Biblia aunque no tengas ganas. Puede ser decir en voz alta «Señor, acá estoy» y nada más. Nosotros tendemos a esperar el momento perfecto para volver. Y el momento perfecto no llega nunca. Pero Jesús está parado en la orilla con el desayuno listo. El movimiento lo hacemos nosotros.

Pedro no llegó con un sermón preparado. Llegó empapado. Y fue suficiente.

W. A.
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