Día 5
Día 5 de 7 7 de agosto

Soltá el rencor antes de que te cobre más caro de lo que imaginás

El rencor no te protege del que te lastimó. Te sigue cobrando a vos, todos los días, con intereses.

A ver, hablemos claro de algo que nos cuesta admitir. Guardamos rencor como si guardar rencor fuera una forma de justicia. Como si el dolor que sentimos fuera una deuda que el otro nos debe, y mientras no la pague, nosotros la cargamos. Y la cargamos. Y la cargamos.

Y el otro, muchas veces, ni se entera. O peor: se olvidó hace años.

Miren, yo entiendo por qué nos pasa. No es debilidad. Es que cuando alguien te traicionó, cuando te vendieron, cuando te usaron y te dejaron afuera, algo en vos dice «no puedo soltar esto así nomás, porque si lo suelto, fue gratis». Y eso duele. Esa sensación de que el otro salió bien parado y vos quedaste con las facturas, es real.

Pero fijate lo que le pasó a José. Este tipo acumuló años de injusticias apiladas una arriba de la otra. Sus propios hermanos lo vendieron como mercancía. Después esclavo, después preso, sin que nadie le pidiera disculpas, sin que nadie le explicara por qué. Y cuando al fin llega el momento en que podría haberse vengado, cuando los tipos más atorrantes de su vida estaban parados frente a él con la cara blanca de miedo, José les dice algo que no tiene ningún sentido humano: «Quédense tranquilos. Los perdono. Los voy a favorecer».

No porque lo que le hicieron estuvo bien. No porque no dolió. Sino porque José entendió algo que nosotros tardamos toda una vida en aprender: guardar la angustia y el deseo de venganza en el corazón te impide ver lo que Dios puede hacer con esa historia.

Soltar no es decir que estuvo bien lo que te hicieron. Soltar es dejar de pagar vos la deuda que ellos tienen.

"«Abandonen toda amargura, ira y enojo... Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente.»"

Efesios 4:31–32 · NVI

En la prédica se habla de José y sus hermanos, pero hay una imagen que me queda dando vueltas. Diez tipos que viajaron 1600 kilómetros con el estómago en la garganta, convencidos de que el hermano que vendieron por unas monedas iba a destruirles la vida. Y él, que tenía todo el poder para hacerlo, elige otra cosa. No porque sea un héroe de película. Sino porque en algún momento, entre el pozo y la cárcel y los años sin respuestas, José decidió no dejar que la amargura lo defina. Eso no lo hace menos humano. Lo hace más libre.

II Versículo

"«Ustedes intentaron hacerme daño, pero Dios convirtió eso en algo bueno.»"

Génesis 50:20 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de cerrar el día, pensá en una persona concreta. Alguien que te debe algo que probablemente nunca te va a devolver. No te estoy pidiendo que la llames, no te estoy pidiendo que finjas que estuvo bien lo que hizo. Te estoy pidiendo que en voz alta, aunque sea en el baño con la canilla abierta para que no te escuche nadie, digas: «Señor, suelto esto. No lo puedo cargar más yo». Eso es un acto de fe. No de debilidad. Y si nos cuesta, nos acompañamos: a mí también me cuesta.

José no llegó libre porque lo liberaron. Llegó libre porque eligió soltar mucho antes de que alguien le abriera la puerta.

W. A.
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