No alcanza con saber que el yugo existe. Tenés que querer, de verdad querer, que se pudra.
Miren, amigos. Esta semana estuvimos hablando del yugo, de cómo se pudre, de cómo no lo vemos, de cómo le pedimos fuerza a Dios para aguantarlo mejor en vez de pedirle que lo deshaga. Y hoy quiero cerrar la semana con algo que me parece el corazón de todo esto.
El deseo.
Hay un tipo en la Biblia que se llama Eliseo. Y Eliseo sabía que Elías, su maestro, su referente, el que lo había ungido a él, se iba a ir. Y en vez de quedarse tranquilo, en vez de decir «bueno, que el Señor haga lo que quiera», Eliseo decide seguirlo. Sin parar. Elías le dice quedate acá. Eliseo dice no, te sigo. Le dice quedate acá. Te sigo. Quedate. Te sigo.
Hasta el final.
Y cuando llegan al Jordán, Elías abre el río con el manto y cruzan en seco. Y del otro lado, Elías le pregunta qué quería. Y Eliseo le pide la unción que tenía Elías, pero el doble. Che, qué atrevido. Qué intrépido. Elías le dice: pediste algo difícil. Pero si estás conmigo hasta el final, el Señor te lo va a dar.
No hay atajos, amigo. No hay forma de recibir la llenura del Espíritu Santo sin el deseo. Un deseo que persigue. Un deseo que no se cansa. Un deseo que dice señor no te suelto hasta que me unjas, hasta que los yugos empiecen a pudrirse, hasta que yo empiece a cambiar.
Digo por mi cuenta: a veces me conformo con saber que la unción existe. Con haber escuchado la enseñanza. Con haber mandado el sticker del versículo. Y eso no es suficiente. El Espíritu Santo viene para los que lo desean con toda el alma, no para los que lo anotan en la agenda como pendiente.
El predicador cuenta que estuvo en Israel, en el lugar donde se cree que Elías fue arrebatado. Cruzaron en micro por ese camino, cerca del Jordán. Y dice que no los dejaron bajar. Se imagina, con humor, por qué: porque si bajaban los cristianos, todos estarían ahí gritando «Señor, acá, eh, dame, dale». Y se ríe de sí mismo. Porque él también hubiera sido el primero en tirarse del micro. Pero Eliseo no gritó. Caminó solo esos mil metros, tomó el manto que cayó, lo apoyó sobre las aguas, y dijo: «¿Dónde está el Dios de Elías?». Y se abrieron. Nadie lo vio venir. Nadie lo aplaudió en el camino. Fue solo, en silencio, con un deseo que no se negocia.
"«Te pido que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.»"
2 Reyes 2:9 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que empiece el fin de semana, hacé una sola cosa: decile al Señor con honestidad qué tan fuerte es tu deseo. No le cuentes lo que sabés. No le expliques la teología del yugo. Solo decile: señor, ¿cuánto quiero que esto cambie? Y si la respuesta te incomoda un poquito, genial. Eso ya es algo. Nosotros no podemos fabricar el deseo, pero sí podemos pedirle a él que nos lo encienda.
La unción no busca a los que la merecen. Busca a los que la persiguen.
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