Sadrac, Mesac y Abednego no eran héroes de película. Eran tres pibes que un día común se encontraron parados solos en una plaza llena de gente arrodillada. Y lo único que hicieron fue no moverse.
A ver, yo me imagino la escena y me resulta bastante incómoda.
No era un momento épico con música de fondo y tiempo para preparar el discurso. Era una plaza. Era ruido. Era una banda tocando. Y era la presión silenciosa pero brutal de ver a todos, absolutamente todos, doblar las rodillas.
El predicador dice algo que me golpeó fuerte: «preferían morir en el horno siendo fieles que sobrevivir arrodillados en una plaza». Así de simple. Así de radical.
Y yo me pregunto, digo por mi cuenta, cuántas veces me quedé de pie en las cosas grandes y me arrodillé en las chicas. Cuántas veces fui valiente delante de todo el mundo y claudiqué en soledad, con el celular en la mano, sin que nadie me viera.
Porque la estatua no siempre mide 27 metros. A veces mide lo que mide tu orgullo. A veces mide lo que mide tu miedo a quedar mal. A veces mide exactamente lo que querés que los demás piensen de vos.
Y suena la música. Y te parece que inclinarte «un poquitito» no cuenta. Que nadie lo va a ver. Que después te levantás y listo.
Pero hay algo que el predicador deja muy claro: los discípulos radicales no son los que nunca sienten el calor. Son los que eligen quedarse de pie igual. Con miedo, con dudas, con las rodillas temblando si hace falta. Pero de pie.
Tomás Hawker vivía en Inglaterra en 1555, cuando quemar creyentes en la plaza era una práctica totalmente normal y legal. La noche antes de su ejecución, un amigo vino a verlo y le dijo algo así: «No quiero que me digas nada esta noche. Solo quiero que mañana, cuando estés ardiendo, si todavía creés que vale la pena, me hagas una seña. Levantá los brazos. Yo te voy a estar mirando». Y al día siguiente, en la plaza llena de gente, Tomás fue atado a la hoguera. Resistió las llamas. Resistió hasta el final. Y cuando ya casi no le quedaba nada, con sus últimas fuerzas levantó los dos brazos y los agitó. Toda la plaza explotó en aplausos. Los oficiales no pudieron contener eso. El amigo entendió el mensaje. Y eso fue todo el discurso que Tomás dio en su vida.
"«Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos puede salvarnos. Pero aunque no lo hiciera, queremos que sepa que jamás serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua que usted ha levantado.»"
Daniel 3:17–18 · NVI¿Qué hacés con esto? Esta semana identificá una sola estatua concreta en tu vida. No diez. Una. Puede ser el teléfono a la noche. Puede ser la necesidad de que te reconozcan. Puede ser esa decisión económica que sabés que no es del todo limpia. Y esta noche, antes de dormirte, tomá una decisión simple: en eso, me quedo de pie. No con fuerza propia, que ya sabemos cómo termina eso. Sino diciéndole al Señor: «si vos me das fuerza, yo no me muevo». Eso es todo lo que hace falta para empezar.
No te pide que seas un héroe. Te pide que no te muevas. Eso ya es suficiente para que todo un imperio se voltee a mirar.
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