Hay una mujer en el Evangelio que rompió todas las reglas culturales de su época para llegar a Jesús. No tenía derecho. No tenía lugar. No tenía protocolo. Tenía desesperación. Y resultó que eso fue suficiente.
Esta semana estuvimos hablando de cultura y corazón. Del teléfono en la mesa, del grupo que silenciamos, del vecino al que no saludamos, del recién llegado que dejamos invisible. Todo eso es real y nos duele porque nos vemos reflejados.
Pero hoy quiero terminar la semana con algo distinto. Con una pregunta más profunda. No «¿qué estás haciendo vos con los demás?» sino «¿qué está haciendo Jesús con vos?"
Mateo 15 cuenta la historia de una mujer que no era judía, que venía de una tierra extranjera, y que se acercó a Jesús pidiendo socorro por su hija. Violó una cultura: las mujeres no le hablaban a los hombres. Violó otra: los extranjeros no le pedían nada a los rabinos judíos. Las rompió las dos porque estaba desesperada. Porque cuando el amor de una madre está en juego, el protocolo puede esperar.
Y Jesús, que sabe todas las cosas, primero no le contestó. Los discípulos dijeron: «despachala, nos está molestando». Y Jesús le dijo algo que suena durísimo: no está bien darles el pan de los hijos a los perros. O sea: vos no entrás en el protocolo.
Pero ella no se fue. Se postró. Y dijo: «Señor, aunque sea las migajas que caen de la mesa de los amos». Y en ese momento Jesús dijo: mujer, tu fe es grande. Y la hija quedó sana al instante.
Yo creo, y esto es mi libre interpretación, que Jesús no le estaba enseñando a ella. Ella ya sabía. Le estaba enseñando a los discípulos. A nosotros. Que el corazón que persevera vence cualquier cultura. Que la fe que no se rinde llega aunque el protocolo diga que no tiene lugar.
Esta semana quizás vos también te sentiste extranjero en algún lado. En tu familia, en tu iglesia, en tu propia vida. Quizás sentiste que no encajás, que no te ven, que llegaste tarde o que ya no tenés lugar. Esta mujer te dice que eso no alcanza para quedarte afuera.
"«Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.»"
Mateo 7:17 · NVIEn Córdoba, al cierre de un congreso misionero, el predicador hizo un llamado. Había como 450 jóvenes. Pasó él primero, al altar del corazón, como lo llama. Y después empezaron a pasar. Casi todos. Y en los informes de después: más de 100 jóvenes dispuestos a ser discípulos, a pensar en las misiones, a dar antes que recibir. Dice que sintió que tenía que cumplir con el tema, que no lo demoró. Pero lo que pasó no fue organización. Fue que alguien rompió la barrera del «¿y si nadie pasa?» y pasó primero. Como la mujer del Evangelio. Y cuando uno rompe la barrera, otros siguen.
"«Jesús le respondió: Mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.»"
Mateo 15:28 · NVI¿Qué hacés con esto? Al final de esta semana, una sola cosa. No diez. Una. Pedile al Señor que cambie tu corazón. No tu cultura, no tu forma de ser, no tus costumbres. El corazón. Porque cuando el corazón cambia, dice Jesús, el árbol cambia. Y cuando el árbol cambia, los frutos cambian solos. No tenés que esforzarte por ser más simpático o más generoso o más presente. Tenés que pedirle al que cambia corazones que haga su trabajo en el tuyo. Y después mirá lo que pasa. Mirá cómo empezás a ver al que está solo. Mirá cómo empezás a saludar al que evitabas. Mirá cómo tu corazón empieza a ganarle a tu cultura.
Quebrá la barrera. Llegá a Jesús igual. Eso es todo lo que necesitás para empezar.
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