Los discípulos prometieron todo y cumplieron nada. Y Jesús igual los volvió a buscar. No para retarlos. Para pedirles que oraran con él otra vez.
Mirá, a mí me parece que los discípulos esa noche no eran malas personas. No estaban siendo desleales a propósito. Estaban cansados. Y se durmieron.
Pero acá está la parte que me parte un poco el corazón: Jesús volvió. Tres veces. Los encontró dormidos las tres. Y las tres veces siguió orando él solo, igual.
No sé si te pasa esto. A veces le decís a alguien «sí, claro, cuento conmigo, te voy a acompañar» y después la vida te come. Y no es que no querías. Es que el cuerpo cede, el espíritu flaquea, y te quedás dormido en el camino.
Jesús mismo lo dijo: «el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil». No lo dijo como acusación. Lo dijo como descripción. Somos así. Nos proponemos cosas enormes y a veces no llegamos.
El tema —y acá viene lo que me parece importante— es que la oración no depende de si vos llegás siempre. No depende de si tu espíritu está al cien. La oración efectiva no requiere que seas perfecto. Requiere que volvás. Que aunque te hayas dormido, te levantés de nuevo y acompañes.
Y hay algo más. El predicador lo dijo esta semana y me quedó dando vueltas: qué lástima que muchos no piden oración porque no ven a sus padres pedirla. Estamos criando una generación que piensa que pedir ayuda es una derrota. Y es exactamente al revés. Pedir que oren por vos es aprender de Jesús, que lo pidió en el momento más duro de su vida.
El pastor contó que hay una iglesia en Buenos Aires, más chica que la suya, con un grupo de jóvenes que antes de cada evento se encierra en una piecita chiquita, con un interesante «olor a pata», y no salen de ahí hasta estar convencidos de que el Señor va a moverse esa noche. Él llegó tarde la primera vez. La segunda llegó una hora antes para estar con ellos. Y dice que cuando subís a hablar sabiendo que ese cuartito está ahí atrás, orando, lo sentís. No es magia. Es que aprendieron a no dormirse.
"«Permanezcan firmes, estén despiertos, oren para que no cedan ante la tentación. Porque el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.»"
Mateo 26:41 · NVI¿Qué hacés con esto? Esta semana, antes de decirle a alguien «voy a orar por vos», parás un segundo y lo hacés en el momento. Ahí mismo. Treinta segundos. No porque después no vayas a hacerlo, sino porque todos sabemos que después a veces no llegamos. Y si alguien te pidió oración esta semana y te olvidaste, no lo enterrés con culpa. Simplemente, hacelo ahora. Volvé. Igual que Jesús volvió a los discípulos dormidos. La oración no caduca.
No prometás que vas a orar. Orá. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Y si te dormiste en el camino, levantate. Él igual te vuelve a buscar.
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