Día 4
Día 4 de 7 23 de julio

Orar no es una lista del súper. Quedate en cada cosa.

A veces oramos por diez cosas en tres minutos y salimos tan inquietos como entramos. Y después nos preguntamos por qué no sentimos nada. El problema no es Dios. Somos nosotros, que oramos a las corridas.

Digo esto con todo el cariño del mundo, porque a mí me pasa. Uno empieza: «Señor, te pido por Leandro, por Fernanda, por el trabajo, por la salud, por la economía del país»... y dice amén. Y listo. Cometido cumplido.

Pero, ¿descansaste? ¿Sentís que dejaste algo en las manos de Dios, o simplemente hiciste el parte de novedades?

Jesús en Getsemaní no tenía una lista larga esa noche. Tenía una sola cosa. Una. Y oró por eso tres veces. Fue, oró, volvió con los discípulos dormidos. Volvió, oró exactamente lo mismo. Volvió, oró exactamente lo mismo otra vez. ¿Por qué? No porque Dios sea sordo. No hay que gritarle ni repetir para que oiga. El tema es lo que le pasa a vos mientras orás.

Hay gente que repite mucho la misma oración y uno piensa «este no tiene otra cosa por la que orar». No, amigo. Es que aprendió de Jesús. Que cuando tenés una angustia real en el corazón, te concentrás en eso hasta que algo se mueve adentro tuyo. Hasta que sentís que el asunto quedó en sus manos.

Filipenses lo dice de una manera que a mí me llegó hace poco: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones».

Fijate que no dice «y Dios va a resolver todo de inmediato». Dice que la paz llega mientras rogás. Antes de la respuesta. En medio del ruego. Eso es diferente.

Así que sí, tu oración no tiene por qué ser una lista del supermercado. Podés quedarte en una sola cosa. Tomarte el tiempo. Volver. Y volver. No porque Dios no haya escuchado la primera vez, sino porque vos necesitás soltar de verdad.

Una vez al año voy a una iglesia en Buenos Aires, más chica que la nuestra. Tienen un grupo de jóvenes que, antes de cada evento, se encierran en una piecita pequeña. Con un olor interesante, vamos a decirlo así. Y nadie sale de ahí hasta que están convencidos de que el Señor va a visitar esa noche.

La primera vez llegué tarde y me enteré después. La siguiente llegué una hora antes y entré con ellos. No te puedo explicar bien cómo uno sale de ahí. Cuando después estás parado en un escenario, sabés que en el cuartito de atrás están orando. Lo sentís. Y la gente en la sala también lo nota, aunque no sepa exactamente qué es lo que nota.

Esos pibes no tienen una lista larga. Tienen una pasión. Y no paran hasta que sienten que el Señor tomó el caso en sus manos. Amén, a veces la gente grande aprende de los jóvenes.

II Versículo

"«No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.»"

Filipenses 4:6–7 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy probás algo distinto. Elegís una sola cosa por la que orar. Una. La que más peso tiene esta semana. Y te quedás ahí. Sin apuro. Sin pasar al siguiente punto. Si a los dos minutos querés saltar a otra cosa, volvés. Si sentís que ya «cerraste» rápido, te preguntás honestamente: ¿dejé esto en sus manos, o solo lo mencioné? Nosotros mismos sabemos la diferencia. Y cuando la paz llega de verdad, también la reconocemos.

Tu oración no tiene por qué impresionar a nadie. Ni tiene que ser larga ni variada ni elocuente. Tiene que ser honesta. Y quedarse en una cosa hasta que algo se mueva en el corazón. Eso es suficiente.

W. A.
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