Hay oraciones que hacés de pie, tomando un café. Y hay oraciones que te llevan al piso. Las dos son válidas. Pero no te confundas: no son lo mismo.
A ver, yo puedo decir «Señor, que se haga tu voluntad» mientras espero el colectivo. Y está bien. Dios escucha igual.
Pero hay momentos —y vos sabés de qué momentos hablo— donde la carga es tan pesada que el cuerpo mismo pide ir más abajo. Arrodillarse. Poner la frente en el piso. No porque sea un ritual. Sino porque cuando el corazón está realmente roto, el cuerpo lo sigue.
El predicador esta semana dijo algo que me quedó resonando: «cuando la carga es más grande, necesitamos más acercarnos al piso». No es protocolo. Es honestidad física. Tu postura le dice a Dios, y te dice a vos mismo, que esto va en serio.
Jesús esa noche en Getsemaní no oró parado con los brazos cruzados. Se inclinó rostro en tierra. ¿Por qué? No porque Dios no lo escuche de otra manera. Sino porque él mismo necesitaba que su cuerpo acompañara lo que su corazón estaba viviendo.
Y mirá que unas horas antes había hecho la oración de Juan 17, rica en palabras, profunda, extensa. Pero cuando llegó la angustia de verdad, ya no había discurso. Solo: «Padre, si puede ser… que no se haga mi voluntad sino la tuya». El corazón habla más que las palabras. Y a veces las palabras se acaban antes que la angustia.
Entonces no te dé vergüenza orar con fealdad. Con mocos. Con repetirte. Con no saber qué decir exactamente. Eso no es falta de fe. Es fe de verdad.
"«Amo al Señor porque él ha oído mi voz suplicante. Por cuanto él inclinó a mí su oído, le invocaré en todos mis días.»"
Salmo 116:1–2 · NVIMe imagino —y perdonen que piense en voz alta— a alguien que llegó al sábado cargado con algo que no le contó a nadie en toda la semana. Lo cargó solo de lunes a viernes. Y ahora está en casa, con tiempo, y no sabe qué hacer con eso. No tiene liturgia, no tiene palabras bonitas. Tiene la carga nomás. Y lo único que puede hacer es sentarse en el piso de su cuarto y decir «Señor, no sé ni cómo explicarte esto». Eso. Eso es una oración efectiva.
"«Oró con más fervor, y estaba en tal agonía de espíritu que su sudor caía a tierra como grandes gotas de sangre.»"
Lucas 22:44 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy es sábado. Hay un poco más de tiempo. No te lo pido como tarea: si tenés algo que venís cargando solo esta semana, buscá cinco minutos donde no hay nadie. Cerrá la puerta. Ponete como puedas, sentado, arrodillado, lo que el cuerpo te pida. Y no le des un informe a Dios. Contale. Con las palabras que salgan. Sin prolijidad. Y si alguien de tu familia o de tu círculo está cargando algo, hoy es un buen día para preguntarle «¿cómo estás de verdad?» y ofrecerte a orar con esa persona. No mañana. Hoy.
No necesitás una oración linda. Necesitás una oración honesta. Y Dios, que te dio el oído para escuchar, ya está inclinado hacia vos.
Todavía no guardaste ningún devocional.
Tocá el marcador en cualquier devocional para guardarlo acá.Todavía no tenés frases destacadas.
Seleccioná texto en un devocional para guardarlo acá.Iniciá sesión con Google para guardar frases destacadas.
Entrar con Google
Comentarios
Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tu comentario será revisado antes de publicarse.