Día 7
Día 7 de 7 6 de septiembre

No podés vivir sin Jesús, y ya lo sabés

No es que Jesús sea una buena opción entre varias. Es que una vez que lo conocés, todo lo demás es noche larga y red vacía. Y eso ya no se puede desconocer.

Llegamos al final de la semana y quiero decir algo que me parece importante antes de que te vayas.

Esta historia de Pedro no es una historia de fracaso. Es una historia de restauración. Pero para llegar a la restauración hubo que pasar por la noche entera. Las redes vacías, el frío de las cuatro de la mañana, la frustración de volver sin nada otra vez, el déjà vu de una mañana igual a la de tres años antes.

Y en medio de todo eso, Jesús. Parado en la orilla. Con el desayuno listo. Diciéndole a la derecha.

El tema es que Pedro no podía vivir sin Jesús aunque se lo creyera. Aunque hubiera vuelto a las redes con toda convicción. Aunque hubiera dicho «las redes son lo mío, así soy yo, así soy yo y punto». La noche se hacía larga igual. La red volvía vacía igual. Porque hay algo que el Señor ya había sembrado en él que no se podía deshacer.

Y eso mismo es lo que pasa con nosotros. Mirá, yo no sé dónde estás parado hoy. Puede ser que hayas tenido una semana brillante con Jesús. Puede ser que hayas estado tirando las redes toda la semana y no sacar nada. Puede ser que hayas vuelto a decir algo que no debías decir, a desear lo que no debías desear, a alejarte un poquito de lo que sabés que es tu lugar.

Pero hay algo que no cambia. Hay un corazón que tiene dueño. Y ese dueño no te abandonó en la noche. Ese dueño está parado en la orilla con el fuego prendido.

No podemos vivir sin Jesús. No como una frase bonita para cerrar la semana. Como una realidad que Pedro aprendió mojado, con olor a pescado, en una mañana de primavera en Galilea. La libertad de las redes vacías es una ilusión. La plenitud está del otro lado, donde apunta Jesús.

"La tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» A Pedro le dolió que Jesús le hubiera preguntado tres veces si lo quería. Le contestó: «Señor, tú sabes todo; tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Entonces cuida de mis ovejas.»"

Juan 21:17 · NVI

Hay un momento en la prédica que me quedó grabado. El predicador describe a Pedro nadando esos 90 metros y dice que en esos 90 metros Pedro repasa todo. Todo lo bueno y todo lo feo. El «vos sos el Hijo del Dios viviente» y el «no conozco a ese hombre». Y sigue nadando igual. No porque haya resuelto la contradicción. Sino porque el amor es más grande que la contradicción. Y cuando llegó a la orilla empapado, sin discurso preparado, Jesús no le dijo nada todavía. Esperó. Le dio tiempo para respirar, para comer, para que el corazón se acomodara. Y recién después le preguntó. «¿Me amás?» No para acusarlo. Para devolverle la misión.

II Versículo

"Después del desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» «Sí, Señor», contestó Pedro, «tú sabes que te quiero.» Entonces alimenta mis corderos, le dijo Jesús."

Juan 21:15 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy, en algún momento del día, hacé lo que hizo Pedro en esos 90 metros: movete hacia Jesús. No con discurso, no con todo resuelto. Si esta semana fuiste al lago y las redes volvieron vacías, ese cansancio no es el final de la historia. Es la condición exacta en la que Jesús aparece. Nosotros podemos hacer algo concreto: al final de este día, antes de dormir, contestale la pregunta. No a nosotros, a Él. «¿Me amás?» No la respondas en silencio solamente. Decila en voz alta, aunque estés solo en tu cuarto. «Sí, Señor. Vos sabés que te quiero.» Y dejá que Él haga con eso lo que quiera hacer. Porque cuando Jesús escucha eso, no archiva la respuesta. Te da una misión. Te devuelve el propósito. Te dice «alimentá mis corderos». Y eso, amigos, es lo opuesto a volver a las redes.

Pedro no volvió a subirse a esa barca a pescar toda la noche. No porque las redes fueran malas. Sino porque ya sabía lo que era tenerla llena. Y no había ninguna red en el mundo que valiera más que eso.

W. A.
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