Creés que cuando las cosas mejoran, los problemas desaparecen. Spoiler: no. Pero eso tampoco es motivo para quejarse.
A ver, seamos completamente honestos acá, entre nosotros. Cuando pedimos por algo, cuando oramos, cuando al fin llega la respuesta, nos dura exactamente... un rato. Porque ahí nomás aparecen los nuevos problemas que viene con la bendición.
El auto que pediste tanto: combustible, seguro, patente, mantenimiento, carné al día, multas que evitar. El casamiento maravilloso, amén: dos personas muy distintas viviendo juntas todos los días. Los hijos increíbles: bueno, sí, son increíbles, pero también son los que te despiertan a las tres de la mañana, los que te preguntan por qué cuando ya contestaste seis veces, los que pierden la mochila nueva en dos semanas. Y ni hablar del perro. El perro que tanto querías. El perro que muerde los cables.
Esto no lo digo para que la vida parezca una amargura prolongada, que no lo es. Lo digo porque hay algo liberador en reconocer que la complejidad no es señal de que algo salió mal. Es señal de que estás vivo, de que tenés cosas que valen la pena, de que hay personas que te importan.
En la parábola de los talentos, al que administró bien lo que tenía, el Señor le dio más. El tipo pasó de cinco talentos a diez. ¿Premio? Sí. ¿También el doble de trabajo? También. Así funciona. Y la Biblia dice que podemos considerarnos siervos que solo hicimos lo que teníamos que hacer. No es para deprimirnos. Es para soltar la soberbia de pensar que ya cumplimos.
El tema es que a veces queremos que el Señor nos quite las complicaciones. Y lo que hace, muchas veces, es darnos la fortaleza para vivir dentro de ellas.
"«No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.»"
Filipenses 4:11 · NVIMe acuerdo cuando en la prédica se dice que a veces estamos en un cumpleaños y en lugar de disfrutarlo estamos pensando «¿habrá otro cumpleaños el año que viene?». Estamos viendo a nuestros hijos correr y en lugar de reírnos estamos calculando cuándo se van a caer. Tenemos a nuestros viejos en la mesa y ya estamos haciendo las cuentas de cuánto tiempo más los vamos a tener. Me reconozco ahí. Yo me reconozco. Es una forma de perderse la vida mientras la estás viviendo. La incertidumbre, en lugar de empujarnos a disfrutar el momento, nos pone en un velatorio anticipado de cosas que todavía no pasaron.
"«Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.»"
Mateo 25:21 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, elegí una sola cosa complicada de tu vida que en realidad es una bendición disfrazada de lío. El trabajo que te cansa pero que te da de comer. Los hijos que te agotan pero que son tu alegría. La pareja con la que a veces no te entendés pero que está ahí. Nombrala en voz alta. Dígale al Señor «gracias» por eso, aunque estés cansado de eso. Nosotros necesitamos entrenar la gratitud no para lo fácil, sino justamente para lo complicado. Que es donde más se nota.
Si todo fuera simple y sin problemas, no necesitarías fe. Las bendiciones complicadas son el lugar exacto donde la fe crece.
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