Día 3
Día 3 de 7 22 de julio

La carga se aliviana cuando no la llevás solo

Jesús, en el momento más angustiante de su vida, no dijo «esperen que ya vengo». Dijo «acompáñenme en esto, oren conmigo». Si él lo necesitó, algo tenemos que aprender de eso.

Hay cosas que no tienen vuelta. Jesús en Getsemaní no está orando por otros esa noche. Está orando por sí mismo. Su sudor cae en la tierra como grandes gotas de sangre. El nivel de angustia es tan alto que aparece un ángel a fortalecerlo. Y en ese momento, lo primero que hace es pedirle a los discípulos que se queden. Que estén despiertos. Que oren con él.

Me parece que muchas veces pensamos que pedir oración es admitir que no llegamos solos. Y sí, exactamente eso es. Pero eso no es una debilidad. Es lo que hace una persona espiritual de verdad.

Hablamos de esto hace unos días y quiero volver: qué lástima que muchos jóvenes no piden oración. Y es porque no ven a sus padres pedirla. No queremos personas que sirvan al Señor con la autosuficiencia de que nadie ore por ellos. Porque acá sabemos todos que somos gente necesitada. Y sería muy bueno no esperar a estar en una situación extrema para que alguien ore por nosotros.

Gálatas dice algo preciso: si alguien cayó en pecado, los que son espirituales deberían ayudarlo a volver al camino recto, con ternura y con humildad. No con el dedo. No con cara de «yo te lo dije». Con ternura. Con humildad. Considerándose ellos mismos, porque nadie está exento.

Y en un momento difícil, donde una persona se equivoca, se siente señalada, culpable, expuesta, dice el texto: «ayúdense a llevar los unos las cargas de los otros». No es opcional. Es la ley de Cristo.

Hay cosas que no se pueden contar a todo el mundo, lo entiendo. Pero no hay nada que no se pueda contar a alguien de absoluta confianza. Anímicamente, psicológicamente, físicamente, y espiritualmente también: cuando compartís la carga, ya no la llevás solo. Y eso cambia todo. Los discípulos esa noche fallaron. Se durmieron justo cuando el Señor más los necesitaba. Pero fijate que el Señor igualmente fue a buscarlos. Volvió. Les pidió de nuevo. No los abandonó, aunque ellos no pudieron estar a la altura. La carga que no nos mata sola, juntos la hacemos más liviana.

II Versículo

"«Si otro creyente ha caído en pecado, ustedes que son espirituales deberían ayudarlo a volver al camino recto con ternura y humildad. Ayúdense a llevar los unos las cargas de los otros. De esta manera obedecen la ley de Cristo.»"

Gálatas 6:1–2 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Pensás en alguien que está cargando algo solo en este momento. Alguien de tu círculo cercano. Y le preguntás, sin rodeos: «¿Estás bien? ¿Querés que ore con vos?». Y si sos vos el que está cargando algo pesado, hoy te animás a decírselo a alguien de confianza. No a todo el mundo. A uno. A una. Suficiente. La carga no desaparece, pero ya no la llevás solo. Y eso, aunque parezca poco, es enorme.

Jesús lo pidió. Y sus discípulos se durmieron. Y aún así, él volvió a pedirlo. Pedir ayuda no es rendirse. Es aprender de él.

W. A.
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