Día 6
Día 6 de 7 29 de agosto

Hasta el que la pifió puede cambiar

Pedro negó a Jesús tres veces, agarró una espada para lastimar, se escondió con los demás. Y fue el mismo que revolucionó Jerusalén. El yugo se pudre, sí. Pero a veces tarda un mes y medio.

Saben que Pedro es el que más críticas recibe en las charlas de liderazgo cristiano. Y con razón, eh. Agarró la espada y le cortó la oreja al oficial romano cuando vinieron a arrestar a Jesús. Quiso defender con violencia lo que solo se defiende con amor. Siguió a Jesús hasta el patio de Caifás, que ya es más de lo que hicieron los otros, pero ahí lo apretaron y negó tres veces. Lloró amargamente. Se escondió. Cuando Jesús resucitó, corrió hasta la tumba... y no entró.

Ese es el yugo de Pedro. No el de no querer a Jesús, sino el de no poder con su propio miedo, con su propia impulsividad, con sus propias contradicciones. Un tipo que con la misma boca decía «a vos no te va a pasar nada, Señor» y después lo negaba delante de una empleada doméstica junto al fuego.

Y sin embargo. Sin embargo.

Un mes y medio después de todo eso, Pentecostés. El Espíritu Santo desciende. Y Pedro sale a hablar en la calle. No a esconderse. A hablar. Y en un día se convierten tres mil personas.

¿Qué cambió? No cambió el programa. No cambiaron las canciones. Cambió el corazón. El yugo del miedo se pudrió. El yugo de la impulsividad empezó a desgranar. No porque Pedro se la pasó haciendo ejercicios espirituales de alto rendimiento. Sino porque esperó. Con humildad. Con el dolor de haber fallado. Y el Espíritu Santo hizo lo que Pedro no podía hacer solo.

Así que si esta semana fallaste, si miraste para otro lado, si volviste a caer en lo mismo, no estás descalificado. Estás en el mismo lugar que Pedro antes de Pentecostés.

"«Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.»"

Hechos 2:4 · NVI

El predicador lo dice sin adornos: «A veces usamos la espada del Espíritu para lastimar. Le queremos meter un yugo a la gente y después negamos al Señor». No es una crítica al vecino. Es una confesión colectiva. Todos conocemos esa sensación de salir de la reunión de adoración sintiéndonos espirituales y llegar a casa y tratar mal a alguien que amamos. El yugo no se queda en la iglesia. Viaja con nosotros en el colectivo, entra al departamento, se sienta a la mesa con la familia.

II Versículo

"«Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te quiero.»"

Juan 21:17 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy sábado, antes de que entre el domingo, revisá si estás cargando culpa de algo que pasó esta semana. Una palabra que no tendrías que haber dicho. Un silencio que hizo daño. Una promesa que no cumpliste. No te flajeles, no te la pases rumiando. Hacé lo de Pedro: decile al Señor con honestidad «señor, vos sabés todo. Sabés que te quiero. Y necesito que sigas obrando en mí». Nosotros no somos los primeros en fallar y pedir de nuevo. Y no vamos a ser los últimos.

El Espíritu no busca a los que nunca fallaron. Busca a los que, después de fallar, siguen esperando que él actúe.

W. A.
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