Hay algo que hacemos en la iglesia que no haríamos en ningún otro lado: dejamos que alguien entre solo, se siente solo, escuche todo solo y se vaya solo. Y después decimos que somos una comunidad. Miren, eso no es cultura. Eso es corazón con la puerta cerrada.
A ver, seamos honestos un segundito. ¿Alguna vez fuiste a un lugar donde no conocías a nadie? Un cumpleaños de un amigo donde los demás amigos no son los tuyos. Una reunión de trabajo nueva. Sabés lo que es eso. Buscás una cara amigable, alguien que te sonría, alguien que te diga «sentate acá» sin que vos se lo pidas.
Ahora imaginá que eso te pasa en la iglesia. Que venís buscando algo, quizás desesperado, quizás con una pregunta enorme adentro, y entrás y todo el mundo se saluda con todo el mundo menos con vos. Y no es maldad. No es que te odien. Es que están en su mundo, con su gente, con sus temas. Y vos sos invisible.
Jesús fue muy claro con esto, y lo dijo de una manera que asusta un poco: si tu gesto, tu desinterés, tu manera de ignorar hace tropezar a alguien que quisiera acercarse al Señor, mejor sería atarse una soga al cuello y tirarse al fondo del mar. Molestarías menos. Es fuerte. Sí. Pero lo dijo para que quedara claro que a él le importa cada persona que se acerca buscando algo.
Y a veces nosotros somos el primer muro con el que se chocan.
Digo por mi cuenta que no estamos para hacer sentir culpable al que llegó. Eso es trabajo del Espíritu Santo, no nuestro. Nosotros estamos para hacérsela fácil. Para que cuando alguien entra entre una multitud de desconocidos, haya alguien que lo vea. Eso no requiere un don especial. Requiere un corazón que eligió mirar para afuera en lugar de mirar para adentro.
El predicador lo dijo con una imagen que me quedó grabada. Cuando ves un auto con el cartel de «autoescuela», te corrés. Entendés que alguien está aprendiendo, que va despacio, que necesita espacio. Pero cuando es alguien con su propio auto que no entró bien al estacionamiento, le hacemos bocina, le pasamos cerca del espejo, le hacemos sentir que está estorbando. Y dice: qué triste cuando esto pasa en la iglesia. Que en lugar de corrernos para darle espacio al que está aprendiendo, le hacemos sentir que estorba. Que llegó al lugar equivocado. Que mejor se va.
"«Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo hundiesen en lo profundo del mar.»"
Mateo 18:6 · NVI¿Qué hacés con esto? Mañana cuando llegués a la iglesia, antes de buscar a tu grupo de siempre, mirá a los costados. Hay alguien parado solo. Hay alguien que no sabe dónde sentarse. Hay alguien que vino por primera vez o que volvió después de mucho tiempo y está midiendo si vale la pena quedarse. Acercate. No hace falta un sermón. Con un «hola, ¿es la primera vez que venís?» ya alcanza. Hacésela fácil. Que el Espíritu Santo haga su trabajo, y que vos hagas el tuyo: que la puerta de tu corazón esté abierta antes que la puerta del edificio.
El que entra buscando algo merece encontrar aunque sea una cara que lo vea. Sé esa cara.
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