Ves perfectamente el yugo de tu esposa, de tus hijos, de tu pastor. El tuyo no lo ves. Y eso no significa que no lo tengas.
Acá hay una trampa enorme en la que caemos todos, yo el primero. Y es esta: el yugo queda en la nuca, atrás del cuello. Entonces yo puedo ver el tuyo, el de la persona que tengo al lado, el del que está en la otra punta de la sala. Pero el mío, para verlo, necesito un espejo, o que alguien me lo diga. Y a veces preferimos no tener espejos cerca.
El problema viene cuando queremos que el otro cambie. ¿Cómo hacemos? Le arrancamos el yugo. Se lo señalamos. «Tenés algo ahí atrás». Y empezamos a forcejear. Y ellos hacen lo mismo con nosotros. Y terminamos lastimados todos, con los yugos igual, y la relación en el piso.
Saben qué es lo más difícil de esta parte. Que el Señor lo dice con toda claridad: nadie le quita el yugo a nadie. No te corresponde. No tenés el poder. Y ni siquiera lo podés ver del todo bien desde afuera. Lo que leemos en Isaías es que el yugo no se saca a tirones, no se entrega en un altar como si fuera un sobre con ofrendas. Se pudre. Por la unción. Por la acción silenciosa del Espíritu Santo.
Así que la pregunta que me hago esta mañana, y te la comparto porque no me la puedo guardar, es: ¿cuánta energía estoy gastando mirando el yugo del otro en vez de dejarle espacio al Señor para que obre en el mío?
"«Todos ustedes han recibido la unción del Santo, de manera que conocen la verdad.»"
1 Juan 2:20 · NVIEl predicador lo dice con una honestidad que descoloca: «Yo puedo ver el yugo de todos ustedes menos el mío. Y como a mí no me pesa, puedo diagnosticar y darte a conocer todos tus yugos». Eso lo dijo desde el púlpito. De sí mismo. Amén por eso. Porque es exactamente lo que hacemos. Vemos con nitidez lo que el otro tiene que cambiar. Y andamos por la vida con un yugo en la nuca que todos ven menos nosotros.
"«¿Por qué mirás la paja que está en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo?»"
Mateo 7:3 · NVIHoy fijate en un momento en que estés a punto de señalarle a alguien lo que tiene que cambiar, sea en voz alta o en tu cabeza. Cuando lo notes, hacé una pausa y en vez de hablar, orá en silencio: «Señor, ¿qué hay en mí que vos estás viendo y yo no?». No es fácil. A nosotros nos cuesta. Pero es el camino.
Dejar de tirarle del yugo al otro es, muchas veces, el primer gesto de confianza en que Dios puede hacer lo que nosotros no podemos.
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