Podés cumplir todos los mandamientos, tener tus disciplinas espirituales en orden, ser una persona de valores, y aun así tener el corazón puesto en el lugar equivocado. Eso es incómodo. Y es real.
El predicador dice algo que me resonó fuerte: «Me identifico con el joven rico. No porque cumpla todos los mandamientos ni porque tenga plata, pero sí porque es alguien con práctica espiritual, con disciplinas, con valores. Alguien parecido a vos y a mí».
Y cuando el joven se acerca a Jesús, le pregunta qué le falta. Jesús lo mira, lo ama, y le dice una sola cosa: «Vendé todo, entregalo y seguime».
Ahí está la trampa. El joven no era un villano. Era alguien serio en su fe. Pero cuando le pidieron lo que más valoraba, no lo entregó. Y así prefirió ser un discípulo que cumple, pero que no entrega.
Somos expertos en eso, che. En ser discípulos de cumplimiento. Vamos a la iglesia, leemos la Biblia de vez en cuando, evitamos los pecados obvios, tratamos de ser buenas personas. Pero hay algo, siempre hay algo, que no estamos dispuestos a poner en el altar.
Para algunos es el dinero. Para otros es la reputación. Para otros es el control de su propia vida, la sensación de que ellos manejan los tiempos y las decisiones. Y Jesús, con la misma mirada llena de amor, sigue diciendo lo mismo: «Te falta una sola cosa».
No es un reproche. Es una invitación. Pero hay que tener la honestidad de escucharla.
"«Jesús lo miró con amor y le dijo: Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.»"
Marcos 10:21 · NVIEl predicador lo dice así, sin vueltas: «Con todo el derecho del mundo que tenemos, quizás alguno de nosotros ha cambiado más veces el auto, el teléfono y muchas cosas, de las veces que le habló a alguien de Jesús. Y estamos esperando el cielo como que lo mereciéramos por eso». Eso duele. Porque no es una exageración. Es el retrato fiel de cómo vivimos cuando el tesoro está en el lugar equivocado.
"«Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.»"
Mateo 6:21 · NVIHoy hacete esta pregunta con honestidad, sin apuro: ¿qué es lo que Jesús me pediría soltar que yo no estoy dispuesto a soltar? No te pido que lo sueltes ahora mismo. Sé honesto primero. Nombrarlo es el primer paso. Y si encontrás algo, en vez de huir de esa incomodidad, quedáte ahí un rato. Hablalo con Dios. Decile lo que le dijo el padre del hijo poseído en otro evangelio: «Creo, pero ayudame en mi incredulidad». Esa honestidad vale más que mil cumplimienos prolijos.
El problema del joven rico no era la plata. Era donde estaba su corazón. Y esa pregunta también es para nosotros.
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