Día 7
Día 7 de 7 9 de agosto

El amor del Señor nunca termina. En serio. Nunca.

La gente en la que más confiás puede fallarte. Ya pasó. Va a volver a pasar. Pero hay algo que no falla. Y eso cambia todo.

Miren, llegamos al final de la semana. Y me parece que si hay una sola idea que tiene que quedarse con vos de todo lo que estuvimos viendo, es esta: el gran amor del Señor nunca se acaba. Sus misericordias jamás terminan. Cada mañana se renuevan.

No es un eslogan. No es una frase de remera cristiana. Es la declaración más contracultural que podés hacer en medio de un mundo donde todo vence, todo expira, todo tiene fecha de vencimiento.

Jeremías lo escribe desde el fondo. No desde un sillón cómodo, no desde un año de victorias. Desde el pozo. Desde la oscuridad. Desde el lugar donde «ya no recuerdo lo que es la dicha». Y aun así, elige decir: «me atrevo a tener esperanza».

Esta semana hablamos de la incertidumbre, de las bendiciones complicadas, de José y el rencor, del éxito a la manera de Dios. Y todo eso, todo, tiene un único punto en común: la confianza en que el Señor es fiel aunque nosotros no entendamos nada.

La gente falla. No lo digo para amargarte, lo digo porque es verdad y vos ya lo sabés. Padres que fallaron. Amigos que se fueron. Personas en las que confiaste que cambiaron de parecer de un día para el otro. Eso duele, y no hay que minimizarlo.

Pero el Señor permanece fiel para siempre. El que era, el que es, y el que ha de venir. Eso no cambia. No depende de tu rendimiento, no depende de cómo te portaste esta semana, no depende de si la declaraste con suficiente fe. Depende de quién es él.

Y si eso es cierto, entonces podemos entrar al lunes que viene, a los problemas que siguen ahí, a la incertidumbre que no desapareció, con algo distinto adentro. No certeza de lo que va a pasar. Confianza en quién está con nosotros.

"«Den gracias al Señor, porque él es bueno; su gran amor perdura para siempre.»"

Salmo 136:1 · NVI

Anayanis tenía cuatro años cuando la conocieron. Después vino la leucemia. 1600 kilómetros de Oberá hasta el Garrahan, meses internada, más tiempo en el hospital que en casa. Y en medio de eso, una nena convencida de que el Señor la iba a sanar. Le dijo al que la fue a visitar en navidad: «contale al potro que el Señor me va a sanar este verano». Y así fue. Sus padres crecieron en la fe en el medio de lo más duro. Ella salió sana. El Señor es bueno. No porque todo haya sido fácil. Sino porque en medio de todo eso, él estuvo.

II Versículo

"«El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!»"

Lamentaciones 3:22–23 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que termine el domingo, tomá un minuto, solo uno, y repasá la semana. No para hacer un balance de logros. Para ver dónde estuvo el Señor en medio de lo que fue difícil. Quizás no lo viste en el momento. Quizás lo ves ahora. Y si todavía no lo ves, confiá en que estaba igual. Eso es fe. No la que reduce la incertidumbre. La que la abraza y dice «igual creo». Arranquemos el lunes con eso.

No terminés el año ni la semana con el corazón cargado. El amor del Señor nunca cesa. Eso no es un deseo. Es una promesa que ya probó que cumple.

W. A.
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