Esta semana no te pedí que rompas nada, que cambies nada, que prometas nada. Te pedí una sola cosa: que dejes de proteger lo que tiene que pudrirse.
Arrancamos el lunes con una palabra de Isaías que a mí me venía dando vueltas hace un mes. Que el yugo no se rompe ni se quiebra. Que el yugo se pudre. Por causa de la unción.
Y en estos días fuimos desplegando eso. Los yugos que ya no sentimos porque nos acostumbramos, como el colchón hundido en el medio donde dormimos igual aunque nos haga doler la cintura. Los yugos del otro que vemos perfecto y los propios que no vemos porque quedan atrás, en la nuca. Las veces que le pedimos a Dios fuerzas para aguantar mejor lo que él quería quitarnos. Las ganas de arrancarle el yugo al otro a los tirones y terminar lastimados todos.
Y hoy, el último día, quiero decirte algo que me parece lo más importante de todo.
La transformación no depende de vos.
Esperate, no lo digo para que te quedes quieto. Lo digo porque a veces cargamos encima la responsabilidad de cambiarnos a nosotros mismos, y eso es un yugo en sí mismo. Un yugo de autoexigencia, de performance espiritual, de «tengo que mejorar, tengo que ser mejor, tengo que cambiar». Y nos agotamos. Y no cambiamos. Porque el yugo no lo sacamos nosotros.
Lo que sí podemos hacer, lo que nos corresponde, es tener un corazón dispuesto. Un deseo real. Un «señor, lo que tengas que pudrir, pudrilo». Sin saber exactamente qué es. Sin el mapa completo. Como Eliseo que siguió a Elías sin saber con precisión qué iba a pasar al cruzar el Jordán. Como Pedro que esperó en Jerusalén sin entender bien qué era lo que tenía que esperar.
La unción no es una emoción. No es el momento en que te sentís bien en la reunión. Es la presencia y la acción del Espíritu Santo en tu vida. Silenciosa. Sutil. Que va carcomiendo lo que tiene que desaparecer, que va ablandando lo que estaba rígido, que va pudriendo lo que ya no tiene que estar.
Y cuando eso pasa, los trabajos son bendecidos. Los abrazos tienen algo adentro que el otro siente. Las palabras construyen en vez de demoler. No porque seamos mejores personas de golpe. Sino porque algo en nosotros cambió desde adentro, sin que nadie tuviera que avisarnos.
"«Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.»"
1 Juan 2:20 · NVIEl predicador dice algo que me parece uno de los momentos más honestos de toda la prédica. Dice: «Qué mejor le puede pasar a una familia que el padre, la madre y los chicos sean ungidos por el Espíritu Santo». No dice qué mejor que tengan más conocimiento bíblico. No dice qué mejor que vayan a más retiros. Dice ungidos. Llenos. Con la llama ardiendo. Porque una familia donde todos están siendo transformados desde adentro no necesita que nadie le grite al otro qué tiene que cambiar. El Espíritu hace la obra. Y los yugos se pudren en silencio, sin peleas, sin presiones, sin que nadie tenga que ganar la discusión.
"«Su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cuello, y el yugo se pudrirá a causa de la unción.»"
Isaías 10:27 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy no te pido que hagas una lista de yugos. No te pido que hagas una promesa ni que firmes nada. Te pido que hoy, en privado, en tu cuarto, en el baño si hace falta, le digas al Señor: «Señor, lo que tenés que pudrir, pudrilo. No sé bien qué es. Pero confío en que vos sí lo sabés». Eso es todo. Nosotros no tenemos que cargar con la transformación. Tenemos que tener el corazón abierto para que él entre y haga lo suyo.
No te vayas de esta semana buscando qué cambiar. Andate con las manos abiertas, que es la única postura para recibir lo que el Señor quiere darte.
Todavía no guardaste ningún devocional.
Tocá el marcador en cualquier devocional para guardarlo acá.Todavía no tenés frases destacadas.
Seleccioná texto en un devocional para guardarlo acá.Iniciá sesión con Google para guardar frases destacadas.
Entrar con Google
Comentarios
Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tu comentario será revisado antes de publicarse.