En algún día común, sin que te avisen, se levanta una estatua. Y la música suena. Y todos se arrodillan. La pregunta no es si va a pasar. La pregunta es qué vas a hacer vos.
No te van a mandar un telegrama avisándote que hoy es el día de la prueba. Así no funciona.
Así lo dice la historia de Sadrac, Mesac y Abednego. Un día común. El rey tuvo una idea. Levantó una estatua de oro de 27 metros. Sonó la música. Y en medio de una plaza llena de gente, todos se arrodillaron.
Todos, menos tres.
Y la tentación casi siempre viene así, ¿sabés? No en un momento dramático donde tenés tiempo de prepararte. Viene un martes a la tarde, cuando alguien te ofrece quedarte con un vuelto que no es tuyo. Viene un jueves a la noche cuando el celular está en la mano y nadie te ve. Viene cuando la música suena y te parece que inclinarse un poquito no le hace daño a nadie.
El predicador dice algo que me quedó dando vueltas: «en la desesperación, la gente levanta estatuas». No siempre la estatua es de oro y 27 metros. A veces es el reconocimiento que necesitás desesperadamente. A veces es el placer que prometió callar el ruido por un rato. A veces sos vos mismo, tu carácter, tu forma de ser, esa estatua rígida a la que te inclinás sin darte cuenta.
Sadrac, Mesac y Abednego no hicieron ningún discurso. No dieron ninguna conferencia. No publicaron nada. Lo único que hicieron fue quedarse de pie. Y eso solo, eso alcanzó para que un rey y todo un imperio se volvieran a Dios.
La prédica lo dice bien claro: estos tres muchachos estaban rodeados de brujos, astrólogos y videntes en la corte del rey más poderoso del mundo. No estaban en un retiro espiritual. Estaban en el medio del sistema, trabajando ahí, siendo eficientes ahí. Y cuando sonó la música, todo el que estaba alrededor se arrodilló. Personas mayores, consejeros, funcionarios. Todos. Y ellos tres, de pie. Sin micrófono. Sin red de contención. Solo de pie. Eso fue todo. Y eso fue suficiente.
"«Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos puede salvarnos. Pero aunque no lo hiciera, queremos que sepa que jamás serviremos a sus dioses ni rendiremos culto a la estatua que usted ha levantado.»"
Daniel 3:17–18 · NVIHoy, antes de que termine el día, hacete una sola pregunta: ¿qué estatua tengo levantada en mi vida a la que me inclino casi sin darme cuenta? No hace falta que sea algo enorme. Puede ser la necesidad de aprobación. Puede ser el hábito que sabés que te hace mal. Puede ser el enojo crónico que justificás siempre. Nombrarla ya es un acto de valentía. No te pido que la derrumbes hoy. Solo que la veas.
Los discípulos radicales no son los que nunca sienten el calor del horno. Son los que eligen quedarse de pie igual.
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