Día 7
Día 7 de 7 26 de julio

Cuando la paz llega antes de la respuesta, algo cambió adentro tuyo

Dios no siempre responde cuando querés ni como querés. Pero la paz, esa sí puede llegar antes. En medio del ruego. Antes de que llegue nada. Y eso, si lo experimentaste una vez, cambia todo.

Estuvimos toda la semana hablando de la oración. De orar para ser escuchados, no solo para calmarnos. De darle la gloria a Dios cuando responde, sin buscarle la vuelta. De compartir la carga en vez de cargarla solos. De quedarnos en una sola cosa hasta que algo se mueva adentro, en vez de pasar la lista del supermercado.

Y hoy quiero cerrar con lo que me parece el centro de todo: la paz de Dios.

Jesús oró tres veces la misma oración. Tres veces. Y cada vez volvió a encontrar a sus amigos dormidos. No hubo respuesta inmediata. La copa no pasó. La cruz igual llegó. Entonces, ¿qué cambió? Cambió algo adentro de él. Cuando salió de ese huerto, salió decidido. No resignado. Decidido. Con una claridad que no tenía cuando entró.

Eso es lo que hace la oración profunda. No siempre cambia las circunstancias. A veces cambia al que ora.

Filipenses lo dice con una precisión que me impresiona: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones».

Fijate que no dice «y entonces Dios va a resolver todo». Dice que la paz llega mientras rogás. Antes de la respuesta. Eso es diferente a todo lo que el mundo te ofrece para calmarte.

El tema es que nosotros muchas veces salimos a buscar paz en otro lado. En una conversación, en la pantalla, en movernos para no pensar. Y la paz de Dios no viene de afuera hacia adentro. Viene de adentro hacia afuera. Y solo la encontrás cuando te quedás quieto el tiempo suficiente para que Dios la deposite.

"Jesús habló así, y levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, la hora ha llegado»."

Juan 17:1 · NVI

El pastor contó esta semana que en esa iglesia chica de Buenos Aires, con esos jóvenes en el cuartito con olor a pata, hay algo que no se explica fácil. Cuando terminaban de orar y subían al escenario, él lo sentía. No porque hubiera señales visibles. Sino porque algo en el ambiente era diferente. Esos chicos habían permanecido en oración hasta que estaban convencidos de que el asunto estaba en manos de Dios. Y esa convicción se notaba. No en sus palabras. En su paz.

II Versículo

"«No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.»"

Filipenses 4:6–7 · NVI
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¿Qué hacés con esto?

¿Qué hacés con esto? Hoy es domingo. Antes de que empiece la semana que viene, buscá un momento —puede ser en la iglesia, puede ser en tu casa esta tarde— y en vez de orar por todo, elegí una cosa. Una sola. La que más te pesa esta semana. Quédate en esa cosa el tiempo que necesites. No pases al siguiente ítem. Volvé a lo mismo si hace falta. Y esperá, con honestidad, a que algo se mueva adentro. No una emoción fabricada. Algo real. La sensación de que el asunto dejó de ser solo tuyo. Y si tenés a alguien cerca hoy, alguien que está cargando algo, no le des un sermón. Simplemente preguntale si podés orar con esa persona. Cinco minutos. Juntos. La carga se aliviana cuando no la llevamos solos.

Jesús salió del huerto con la paz de alguien que sabe que el Padre está a cargo. La copa no había pasado. La cruz seguía ahí. Pero él salió decidido. Eso también está disponible para vos hoy.

W. A.
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