La fe no reduce la incertidumbre. La abraza. Y eso cambia todo.
Miren, hay algo que nos vendieron mal durante mucho tiempo. Nos dijeron que si creés de verdad, las cosas se acomodan, la confusión se va, el camino se aclara. Pero no es así. Nada más lejos de la verdad.
Jeremías, uno de los hombres más cercanos a Dios en toda la Biblia, escribe el libro de las Lamentaciones. No escribe un manual de victorias. Escribe desde el fondo. Dice «me ha hecho andar en tinieblas», «me ha marchitado la carne», «ya no recuerdo lo que es la dicha». Eso lo escribe un profeta. No un tibio, no alguien que se alejó de Dios. Alguien que lo conocía de cerca.
Y sin embargo, en el medio de ese pozo, aparece un punto y aparte. Un giro que no es forzado, no es una declaración positiva de manual. Es una decisión valiente: «no obstante, aún así, me atrevo a tener esperanza».
No es que el dolor desapareció. Es que Jeremías elige poner los ojos en algo más grande que el dolor. El gran amor del Señor nunca se acaba. Sus misericordias jamás terminan. Cada mañana se renuevan.
Eso no es optimismo barato. Es fe que mira de frente la oscuridad y dice «igual creo». No porque todo esté bien. Sino porque Dios sigue siendo quien es, aunque yo no entienda nada.
En la prédica se cuenta la historia de Anayaniis, una nena de Oberá, Misiones, que a los cuatro años fue diagnosticada con leucemia. Sus padres, un empresario de la madera y una médica, lo tenían todo. Y de repente, 1600 kilómetros hasta el Garrahan, tratamientos largos, más tiempo internada que en casa. Pero algo pasó en ese proceso: Anayaniis desarrolló una fe enorme. Ella estaba convencida de que el Señor la iba a sanar. Se lo contó a sus amigos, a los que la visitaban, a cualquiera que se le acercaba. Y el Señor la sanó completamente. No en el tiempo que todos querían. No sin sufrimiento. Pero la sanó. En la incertidumbre, mientras esperaban, crecieron.
"«No obstante, aún así me atrevo a tener esperanza, cuando recuerdo lo siguiente: el gran amor del Señor nunca se acaba; sus misericordias jamás terminan. Cada mañana se renuevan sus bondades; muy grande es su fidelidad.»"
Lamentaciones 3:21–23 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy, antes de que el día arranque de lleno, pará un segundito. No para declarar que todo está bien cuando no lo está. Para hacer lo que hizo Jeremías: recordar. Recordar una vez concreta en que el Señor fue fiel con vos. Una sola. Anótala si querés. Y decí en voz baja, aunque te cueste creerlo del todo: «el Señor es bueno». No como fórmula. Como decisión. Nosotros no atrevemos a tener esperanza porque todo salió perfecto. Nos atrevemos porque él sigue siendo fiel.
La fe no es ver el final del túnel. Es decidir caminar igual, porque sabés quién está con vos adentro.
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