Jesús no te recibe con un interrogatorio. Te recibe con desayuno caliente. Y después de que comés, recién ahí te habla.
A ver, esto me parece que lo pasamos demasiado rápido y se merece un minuto.
Pedro llega a la orilla empapado, con las redes llenas, con la culpa encima, con tres años de historia dando vueltas en la cabeza. Y Jesús, ¿qué hace? ¿Le da un discurso? ¿Le pide una explicación? ¿Le dice «bien, ahora hablemos de lo que pasó esa noche»?
No. Tiene el desayuno listo. Pescado a la brasa y pan. Dice la Escritura que cuando llegaron encontraron el desayuno preparado para ellos. Ya estaba. Jesús lo había preparado antes de que llegaran.
Eso me rompe un poco el esquema, para ser honesto. Porque yo funciono así: primero me explicás, primero demostrás que entendiste, primero hacés el mea culpa completo, y después te doy el desayuno. Jesús funciona al revés.
Y después vienen los 153 pescados. ¿Por qué 153? No lo sé del todo, pero hay algo en que Juan haya contado exactamente eso. No «muchos». No «un montón». Ciento. Cincuenta. Y tres. Como diciendo: fijate bien cuánto te di. Fijate bien que esta red no se rompió. Fijate bien que hay 153 razones concretas para entender que sin mí la noche se hace larga y vacía, y conmigo la red revienta.
Y ahí, amén, después del desayuno, después de los pescados contados, Jesús le habla. «¿Me amás?» Tres veces. Una por cada negación, dicen algunos. Puede ser. Pero la restauración viene después del desayuno, no antes. Jesús come con vos primero.
"Simón Pedro subió a la barca y arrastró la red hasta la orilla. Había 153 pescados grandes, y aun así la red no se había roto."
Juan 21:11 · NVIMe acuerdo de algo que dijo una vez alguien que conozco, que había vuelto a la iglesia después de años afuera. Le pregunté qué fue lo que lo hizo volver. Y me dijo algo que no me esperaba. Dijo: «Afuera la noche se hacía muy larga. Y no era que me iba mal en todo. Pero había algo que faltaba y no podía nombrar. Hasta que un día me di cuenta de que extrañaba a Jesús. No a la iglesia, no a los hermanos. A Él». Y ahí nomás volvió. Sin discurso, sin trámite, sin pedir permiso. Como Pedro que nada 90 metros. A veces la razón para volver es simplemente que afuera la noche es más fría.
"Cuando llegaron a tierra, encontraron el desayuno preparado para ellos: pescado a la brasa y pan."
Juan 21:9 · NVI¿Qué hacés con esto? Hoy es sábado. Mañana capaz que vas a la iglesia, capaz que no. Pero antes de que arranque el domingo, sentate un momento con esto. Si sentís que estuviste toda la noche con las redes vacías, si la frustración se fue acumulando y te alejaste de Jesús aunque sea poquito, acordate del desayuno. Él ya lo tiene preparado. No te está esperando con la lista de lo que hiciste mal. Te está esperando con el fuego prendido. Nosotros podemos hacer una cosa concreta hoy: en lugar de contarle a Jesús todo lo que salió mal esta semana como si Él no lo supiera, simplemente acercate. Comé con Él, por así decirlo. Tiempo en silencio, oración sin estructura, escuchar. El interrogatorio nos lo ponemos nosotros solos. Él pone el pan.
Jesús no necesitaba los 153 pescados para saber que Pedro lo amaba. Pero Pedro necesitaba contarlos para entender que no podía vivir sin Él.
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