Quiero contarles acerca de los árboles que caminan porque yo los he visto. He hablado con gente que los ha visto. Al principio parece excitante, pero después es desalentador, confuso, frustrante. Por las dudas les aclaro que no he tomado drogas…

Marcos 8:22-26 nos muestra un milagro de Jesús con características distintas, un poco raras.

No nos sorprende el milagro, porque en cierto sentido, sabemos que Jesús ha sanado a otros ciegos con éxito. Lo extraño es el proceso del milagro, porque si bien tiene un final feliz, las circunstancias fueron distintas a los demás casos.

Jesús le mojó los ojos con saliva y le preguntó si veía algo, pero la curación fue incompleta, dudosa. La visión era limitada y confusa. Las personas le parecían árboles que caminaban. Momentos después, el Señor le corrigió la visión.

En primer lugar hay una realidad que cambiar que es la ceguera y el camino es ir hacia Jesús. El pecado es en sí mismo un engaño. Produce ceguera.

-El hijo pródigo dice mi plata y me voy. No me importa el hogar, la familia, la empresa, mi puesto, quiero libertad, estoy ahogado. Dejó de valorar lo que más valor tenía y después de gastarse todo en su libertad, se da cuenta que antes era libre y ahora es esclavo. Con ampollas en los pies por la distancia se dio cuenta que estaba ciego, la casa no era una prisión, sino un espacio de libertad, de perdón, de dignidad. Que en el centro no había un código de reglas, sino un corazón, no un tribunal de juicio, sino una fiesta de música y danzas.

Sabemos lo que significa enceguecerse. Perder la mirada, ver pero no ver. Estar en un ambiente pero no darse cuenta.   Un hombre ya no ama a su esposa, la ve, pero no la ve, la siente hablar pero no la oye, le dice que la ama, pero ya no la ama. Los hijos dan vuelta, molestan, gritan y los hace callar, pero no ve lo que les pasa ni lo que valen.

-Una madre sola dice -no sé qué me pasó en tanto tiempo que no me di cuenta que mi hija estaba consumiendo drogas! Estaba tan ocupada. Ella estaba rara, tenía malos amigos, pero yo no lo veía, creía que no pasaría, y estaba pasando sin que yo reaccionara.

-Alguien dice -empecé a tomar un poco más. Era por salir con los amigos. Nada que otro no hiciera… pero sin querer estoy atado a la bebida…                     -Y otro -hace un tiempo comencé a ocultar ventas, a fingir facturaciones, a quedarme con dinero. Tengo necesidad…

El Señor le untó los ojos con saliva. Algunos dicen que simboliza su Palabra que abre los ojos. Eso está bueno! Su palabra nos abre el entendimiento y la mirada de las cosas.

Pero luego al preguntarle si veía, él dijo -veo a las personas como árboles que caminan. Su visión no era completa, clara, total. Era difusa. Veía pero no distinguía.

Hay una revelación de Dios que se produce luego de conocerle. Se logra a través de la oración intensa. Allí conocemos su voluntad y somos guiados a decidir. Allí somos inspirados e inquietados a luchar por cambiar la realidad. Es un cambio progresivo, porque apela a la fe, a la perseverancia. Como si se nos dijera -no te quedes ahí, hasta que no veas con nitidez…

A veces en nuestro conformismo decimos -veo que se mueven, y antes no veía nada! Pero todavía no podemos distinguir, nunca apreciaremos la belleza, no tendremos perspectiva, ni claridad. Muchos nos hemos quedado viendo arboles caminar. Es visión, pero limitada. Como que en el país de los ciegos, el tuerto es rey.

Cuando Jesús vio que no estaba conforme, que quería luchar por más, le tocó nuevamente los ojos y vio perfectamente. Yo quiero que el Señor produzca un cambio en mi visión para ver como él quiere.

La teología conformista nos enseña que el Señor vendrá en medio de una conmoción mundial, a la que estamos arribando. Que los salvos iremos al cielo, que debemos ser pacientes y soportar esperando ese día. Eso es parte de la verdad.

También dice que la mentira y la corrupción no vienen de Dios. Que la luz es preponderante sobre las tinieblas y que las puertas del infierno no prevalecen contra la Iglesia, por lo que yo digo ¡Señor, abrí mis ojos!

Que se cumpla tu palabra, pero mientras yo viva lucharé porque las tinieblas no avancen sobre la luz, porque tu palabra transforme los corazones de quienes me rodean. Que el mal no avance. Que el pecado no engañe, que la corrupción y la pobreza no nos consuman.  No mientras yo esté, no mientras pueda. Aunque sólo sea en mi entorno, en mi pequeño mundo, será hasta donde Dios quiera.

Que el Señor nos toque otra vez y renueve nuestra visión entre nuestras relaciones, en la ciudad. Que nos use como quiere usarnos. Nos queremos quedarnos a mitad de camino. No queremos ver árboles que caminan.

En la antigüedad Dios detenía a las personas y les pedía que construyan un altar. El dueño del universo no se sentiría complacido por un montoncito de piedras! Eso recordaba el compromiso y renovaba la visión de los que lo levantaban.

No era por Dios, era por ellos. Levanta tu altar.   Los árboles, no caminan…